mira quien baila

 

 

De cómo exprimir al máximo o de cómo sacarle el jugo sin escrúpulos ni reparos a un tema, persona o personaje, su pasado, presente, futuro, situación o condición podemos aprender mucho actualmente. Solo basta con echarle un vistazo a determinadas secciones de determinados periódicos, a determinadas revistas y especialmente mediante la práctica mecánica  y azarosa del zapping, porque cualquier día de la semana, a cualquier hora del día, sin buscarlo ni quererlo, nos encontraremos con un  programa de tónica rosa ante  nuestras narices.

De la simple observación puede deducirse que la técnica más utilizada por este tipo de programas es de lo más sencilla y efectiva. En primer lugar se trata de elegir a una persona, generalmente pública, popular o conocida. El criterio de selección respeta una única premisa: el morbo, de modo que el elegido será aquel que protagonice o haya protagonizado cualquier hecho o suceso (reales o no) susceptibles de provocarlo. Descontando los casos en los que el propio protagonista, provoca intencionadamente o fabrica el hecho o lo consiente participando directamente en la explotación mediática del acontecimiento en connivencia con el o los  programas, en la mayoría de los casos el personaje elegido es sujeto involuntario y normalmente víctima de los mismos. Para citar un ejemplo, la elegida de las últimas semanas es Carmen Martínez Bordiu que comparte cartelera con el clásico  Isabel Pantoja.

En segundo lugar se trata que del elegido, en este caso Carmen Martínez Bordiu, de su persona, de su estado físico, de su equilibrio mental, de sus sentimientos y de sus intenciones, de su marido y de su familia se hable y se diga como se ha dicho, todo, verdades, mentiras, sospechas, elucubraciones, suposiciones, opiniones, acompañados con generosas raciones de sarcasmo, ironía, falta de respeto, ingeniosos insultos, afrentas y ofensas, que en muchos casos huelen a “vendetta”, por parte de los periodistas rosas y lo que es peor por parte de una nueva categoría de sujetos denominados panelistas, de procedencia diversa, normalmente ex concursantes de reality shows que encuentran en este tipo de programas la salida laboral acabado el reality y en general cualquier individuo que tenga algo que decir u opinar sobre el tema o personaje de la semana y que encuentran su lugar de expresión en estos programas. Así, a través de estos profesionales del agravio, especialistas en el arte de vilipendiar y pisotear el honor, la intimidad y la vida privada de las personas, como si por el solo hecho de ser éstas conocidas o populares carecieran o perdieran tales derechos, dan vida y color a los programas del corazón que llenan las parrillas de programación de todas las cadenas.

Pero lo más fuerte (disculpen la expresión coloquial pero es muy grafica) se produce cuando al agravio rosa se suma el agravio del color de la política, que no se exactamente de qué color es, pero en cualquier caso será de alguno de los tirando a oscuros en la escala  cromática. En Cataluña por ejemplo, el grupo Izquierda Unida -  Iniciativa per Catalunya Verds está muy preocupado. Sí, se ha preguntado y ha trasladado sus preguntas e inquietudes a la Dirección General de RTVE que básicamente se resumen en dos, la primera conocer cuánto cobra Carmen Martínez  Bordiu por intervenir en el concurso “¡Mira quien baila!” de TVE 1 y la segunda saber si a criterio de la cadena la Sra. Martínez  Bordiu “es un referente social propio de una cadena pública con objetivos sociales y educativos”. El propósito político subyacente en tales inquietudes, especialmente en época de elecciones, es obvio (ser la nieta del General Francisco Franco supone llevar una etiqueta  “denominación de origen” que siempre le pasará factura a la Sra. Martínez  Bordiu). De lo contrario  deberían  haberse hecho las mismas preguntas  por todos y cada uno de los participantes del concurso, a menos que les conste que los demás no cobran y que reúnen la condición de referentes sociales de una cadena pública con  objetivos sociales y educativos.

Lo verdaderamente preocupante, y sin embargo no se ven muchos políticos preocupados por el tema, es el contenido de la televisión actual. Y no son precisamente  programas del tipo de ¡Mira quien baila! los que deben inquietarlos o inquietarnos, que mas allá de que gusten a unos y otros no, son por completo inocuos. Está claro que debe haber opciones para todos los gustos. Dejemos, como afirma Gustavo Bueno, que “cada cual  busque los programas del género que más le acomode, y aprenda a distinguir por si mismo”. Lo que no puede constituir nunca una opción, no debe permitirse y debe combatirse, es que la televisión sea, como lo es,  el medio a través del cual, cada día, de manera constante y continua, se pisotea el derecho al honor de las personas, o se vulneran  sus derechos a la intimidad y a la propia imagen. O a caso creen los políticos y el gobierno que solo cuando la gestión directa de la televisión está a cargo del Estado debe exigirse la observancia  y respeto de éstos y de todo el conjunto de derechos y libertades reconocidos por la Constitución. No. La televisión es siempre un servicio público y de carácter esencial, y siempre titularidad del Estado. Es indiferente que la gestión directa del servicio este a cargo del Estado o que éste delegue dicha  gestión mediante concesiones administrativas a terceros. Lo relevante es que como servicio público y por definición debe responder a una serie de principios y satisfacer una serie  necesidades que, sobretodo cuando es una empresa privada el que lo gestiona, parecen difumarse y en muchos casos desaparecer. Parece mas bien que la gestión privada del servicio es la excusa perfecta tanto para las concesionarias como para el gobierno (el de hoy, el de ayer y el de mañana).Para  las concesionarias porque echando mano de un sobredimensionado y malentendido derecho de expresión e información creen o nos quieren hacer creer que todo les está permitido y para el gobierno porque cree o prefiere creer que si es un tercero el que gestiona la televisión su función (y obligación) de control e inspección, propia del verdadero titular del servicio, queda disminuida o desaparece. No solo las concesionarias violan la legislación vigente cuando pasan olímpicamente de cumplir con lo que ella exige, también el gobierno cuando no cumple con las obligaciones que la misma legislación le impone y asiste pasivo a las sistemáticas infracciones de las concesionarias sin hacer valer los medios y recursos que la ley establece para sancionar a los responsables de tales infracciones. La explicación podemos encontrarla, quizás, en el hecho de que las concesionarias juegan con ventaja, lo saben y se valen de ello. Cuantos gobiernos o partidos políticos aun con mínimas aspiraciones de acceder al gobierno tienen lo que hay que tener para enfrentarse a ellas, normalmente medios poderosos e influyentes. Pocos o ninguno, las consecuencias para ellos pueden ser políticamente nefastas.  

 

Sandra Fernández
Abogada